7 de junio de 2018. Galder, genio…

Galder, genio, qué ilusión leerte. Me has animado mucho. No estoy pasando por mi mejor momento, y llevo así ya un tiempo. Además de lo de Elena, me acaba de tumbar uno de esos virus gástricos de 24 horas (qué horror de denominación para una enfermedad, siempre que lo oigo, y lo escucho mucho últimamente, pienso en un Seven Eleven, o en una tienda de gasolinera a lo Clerks: sí, eso, el mal de Clerks) y he pasado quince horas en cama. Ha sido regresar al curro y leer tu carta: el día ya ha merecido la pena.

Yo no habría tenido arrestos para escribir nada estos días más allá de los textos para el trabajo, pero es una oportunidad única (como tantas otras desaprovechadas), la de intentar reflejar lo que puede ser vivir un Mundial con nuestros hijos. Me escudo siempre en que trabajo mucho (no sé si trabajo mucho, pero sí paso muchas horas ocupado en la redacción: tantas, que ya la llamo oficina), y ahora con el cáncer (eso sí que es un nombre de enfermedad con dos cojones, que no te hace pensar en bobadas) de mi mujer, y los tres guajes en casa, todo se me hace una montaña. Esta semana tocó quimio, y Elena se ha pasado varios días en cama, postrada. Me toca estar ahí. Si tú no me hubieses escrito, yo ahora estaría tirado en el sofá, abandonado a mi suerte de padre y currito agotado que zapea (creo que sólo yo sigo haciendo esto en los tiempos de Netflix) para no pensar en nada, mientras se justifica defendiendo que esta especie de huelga vital es lo único que relaja a alguien que está exhausto.

Y mira tú por dónde, ahora que te estoy escribiendo, estoy relajado. Aunque pasen de las doce y me tenga que levantar a las siete y media. Es igual, no tengo sueño, todavía estoy en shock por la elección de Màxim Huerta como ministro de Cultura y Deportes. Más allá de que ha repetido que odia el deporte (va a ser curioso verle en Rusia en el Mundial), no conozco mucho de su trayectoria televisiva y literaria. Sí sé que le gusta el cine, y eso no es poca cosa, pero también que tenía un programa (‘Destinos de película’, en TVE, la tele pública para más inri), que era un espanto. Creo que es el único resbalón serio en la (popu)lista de ministros del nuevo presidente Pedro Sánchez, pero en fin, que los últimos que hemos tenido le han puesto el listón muy bajo. Tú que eres un agitador cultural de bandera, ¿cómo lo ves? Así las cosas, yo me veo para la cartera de Fútbol y Cine.

Me hablas con pasión del Mundial, y de Oihan, y de los cromos. Creo tu hijo mayor tiene un añito más que mi Nicolás, así que compartimos bastantes inquietudes. A mí todavía no me preocupa que el fútbol pueda distraer a Nico, que tiene seis años, pero también hay mucha emoción contenida de cara al Campeonato. Eso, sí, necesitaría una semana de vacaciones para prepararlo mejor. Mi Mundial, digo. Por cierto, así se llama (Mi Mundial) una peli con cierto encanto, uruguaya, sobre un chaval de trece que ficha por un club grande, pero se lesiona y eso acaba truncando no sólo sus aspiraciones sino también las de su familia, que depende económicamente de él. La historia de superación, con ascensión y caída, es la misma de siempre, pero tiene un toque de cine social, muy Thinking Football, que te atraería.

Supongo que a Oihan, que sé que ya juega en un equipo, también le pasa: a Nico no hay nada que le guste más que jugar al fútbol. Es algo que a mí me hace ilusión (no puedo evitar cierto orgullo) y que además aún me dura: cuando estoy con mis amigos murcianos (no son todos de allí, hay de Mallorca, de Gijón y de Pontevedra, pero el grupo de amigos que estudiamos en Pamplona ya somos ‘Los murcianos’) siempre me vacilan porque digo que yo preferiría jugar una pachanga antes que ver la final de un Mundial, pero el problema es que, a la hora señalada, no encontraría gente con quién jugarla. Ver fútbol es algo secundario para Nico, que cuando ve un gol, se lanza a por el balón para repetirlo como buenamente puede. A pesar de que se dispersa como hincha, también estamos con los cromos, amigo. Menudo pastón, por cierto. Noventa céntimos de euro por cinco cromitos. ¡Y el álbum tiene 700! Es un atraco. Y, sin embargo, ahí seguimos.

Yo empecé a hacer la cole de la Liga hace unos tres años, simplemente por pegar pegatinas, que a los niños siempre les gusta. Luego llegó la Eurocopa 2016, y la fuimos haciendo, sin presión por acabarla en ningún caso. Ahí Nico empezó a aprenderse las banderas, y hoy las sigue recordando. Y, como Oihan, no es que no tenga claro lo de los países, Galder, es que todavía hace 15 días mezclaba clubes, selecciones, continentes en un magma precioso en el que cualquier enfrentamiento era posible.

Me he quedado con lo que dices de Danel, tu peque, que intentas integrarle alrededor del álbum. Me imagino el esfuerzo, porque yo tengo a Guille, que acaba de cumplir cuatro, y a Alejandro, que tiene uno y medio, dispuestos a pillar cualquier cromo en cuanto me despisto. Me la lían. Mi mayor dificultad como padre ahora mismo consiste en compaginar el tiempo que paso con mis hijos. Es casi imposible poder hacer algo con los tres juntos, y eso me mata. Uno lee solo ya, los otros dos no; uno monta Legos solo, otro con ayuda y el tercero todavía se come las fichas; a uno le gusta dibujar, el otro está aprendiendo y el peque rompe los lápices… Sólo hay una cosa que sí podemos hacer los cuatro: jugar a fútbol. Con un balón o con tres, con porterías o sin ellas, en partidos simultáneos o jugando a dar pases o meros toques, sólo dar patadas a un balón me permite estar con los tres y que todos lo pasemos bien.

Con los cromos, en fin, Nico se aplica, Guille los pega todavía fatal, y el pequeño los arruga, así que suele acabar siempre regular la sesión. Por cierto, en casa somos muy de Islandia. Y es sólo porque nos faltan nada más dos jugadores para acabar el equipo. Por eso, y porque lo de llamarles “vikingos” les tira mucho a los peques. Curioso es que de Argentina, por ejemplo, o de la selección española, me falten más de diez todavía, mientras los islandeses ya están todos ahí: parecen entusiasmados ante su primer Mundial.

Hablando de Islandia, el otro día leí que el mítico diario La Gazzetta dello Sport, al haberse quedado Italia fuera del Mundial (esto también me costó mucho explicárselo a Nico, cómo pueden ser tan buenos, ya conoce a la Juve y a la Roma por la Champions, y no estar en Rusia), escogieron una selección a la que seguir, a la que animar, sintiéndola propia. Me encantó la apuesta: quizá, ya que no está la simpática Escocia (ídolos máximos de los Mundiales de mi infancia, del 74 al 90), yo también habría elegido a Islandia, ya que tenemos casi todos los cromos y es la que más me recuerda a los caledonios, pero me da muy buen rollo Perú (me acuerdo de que de pequeño me flipaba Cubillas y esa camiseta), siempre me ha atraído (Oliver y Benji mediante) Japón, y México me cae fenomenal. ¿Qué equipos te caen bien a ti sin que sea por razones estrictamente de calidad futbolística?

Y ya que estamos con la Gazzetta, y que me preguntas por qué se siente siendo campeón del Mundo (¡ja!), prometo contarte la que lio nuestro común amigo Filippo Ricci con el 3 Sided Football, una propuesta de fútbol con tres equipos. Lo dejo para mañana, que se me ha hecho tardísimo, pero no puedo dejar de agradecerte que me dijeses que sigo siendo futbolista. Yo siempre me he pensado como futbolista; me siento futbolista a todas horas, a mis 44 años. Un futbolista que hace otras cosas, eso sí. Por ejemplo, tratar de corresponder a un amigo que le sacó del agujero esta mañana y que le ha traspasado sus superpoderes para poder escribir algo con ilusión. Muchas gracias, Galder. De verdad.

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